Dos años

Por: Fernanda Cornejo


Escucha, valida, respeta, no juzgues. Esa es la mejor manera para romper con el estigma sobre la salud mental.


«Está bien no estar bien.» ¿Está bien no estar bien? ¿En serio? ¿Qué tan cierto es esto?

Estamos acostumbrados a sentir que debemos estar bien, que tenemos que cumplir con las expectativas de los demás. ¿Por qué? Yo tengo una teoría, nos da miedo nuestra grandeza y nuestro poder.


Si cumplimos las expectativas de otros, estamos justificados si fracasamos, la responsabilidad no es nuestra. ¡Qué cómodo y qué fácil! ¿No?

De hecho, la mayoría de los trastornos emocionales están relacionados con no querer hacernos responsables de nuestra vida y buscamos que alguien más lo haga por nosotros.

Tenemos miedo a sentirnos rechazados, a sentirnos fracasados y tememos a todo lo que ponga en riesgo nuestra vida. Sin embargo, aquí hay una contradicción, ¿por qué si nos da miedo la muerte actuamos a favor de ella?


¿Cómo lo hacemos? Hoy en día el número de personas que padece enfermedades crónicas va en aumento. Estas enfermedades son responsables del 63% de muertes en el mundo. Aproximadamente el 20% de los niños y adolescentes del mundo tienen trastornos o problemas mentales, y poco a poco nos estamos acabando el planeta en el que vivimos; de acuerdo a la ONU nos estábamos acabando el mundo mucho más rápido de lo que se pensaba, el panorama se vislumbra no a 50 años sino apenas a una década. Estos números nos dejan mucho que pensar, ¿no?


Hace 2 años mi vida giraba alrededor de expectativas ajenas y de una vida que yo no quería ni me hacía sentir plena. Estaba únicamente sobreviviendo, alejándome cada día más de mí y de los que quiero. Sumado a esto, cargaba sobre mis hombros el peso de mi pasado sin resolver, llevándome a una depresión muy profunda y severa, y lo más peligroso de todo, es que era silenciosa.


Fueron aproximadamente tres meses de sentirme «rara», sentía que no era yo, pero, claro, decirlo en voz alta no estaba permitido porque yo tenía que cumplir las expectativas de todos menos las mías, no podía darme el lujo de distraerme en otra cosa.


Esos meses aumenté mi consumo de alcohol en cantidad y en número de días a la semana, y cada vez que tomaba sentía que no podía parar.

¿Qué buscaba haciendo esto? No sentir, entrar en una realidad que no fuera la mía por unas horas, perderme en todo y en nada al mismo tiempo.

¿Dejar de sentir? ¡DEJAR DE SENTIR! Cuando la verdad es que eso me llevaba a sentir más y más emociones y a sentirme muy vulnerable.


Mi salud física comenzaba a deteriorarse, empecé a enfermarme del estómago frecuentemente, sufría de migrañas que iban en aumento, de insomnio y de dolor de cuello crónico, también aumenté de peso ya que por temporadas comía mucho y luego comía muy poco hasta que fui perdiendo la vitalidad en el cuerpo; al punto de ya no poder pararme de la cama.

Perder esta vitalidad me llevo a renunciar a mi trabajo, a dejar de entrenar y a querer estar dormida todo el día, viendo series, perdiéndome en cosas superficiales que implicaran el menor esfuerzo posible.


Sin embargo, esto no era lo que yo proyectaba a los demás. Yo mantenía una imagen de una mujer que estaba independizándose, una mujer exitosa con un buen trabajo, deportista, plena y feliz. Qué contradictorio, ¿no? No se asemejaba ni un poquito a la realidad que yo vivía en ese momento. Pero, el miedo al fracaso y a los juicios me mantenía sosteniendo esa imagen para los demás.

No tener vitalidad en el cuerpo ya era demasiado desgaste, ahora imagina lo desgastante que era sostener una imagen falsa ante la gente.

Empecé a cuestionarme cuál era mi propósito en esta vida, obviamente no di con ninguno. Mi existencia era innecesaria aquí en la tierra. No aportaba nada, mi vida era una mentira, mi corazón estaba vacío, no tenía sentido nada de lo que vivía o tenía y a nadie le importaba, había perdido la esperanza.


Esa es la depresión. Pensamos que la depresión es estar triste, pero no es así, la depresión es la pérdida de vitalidad en el cuerpo acompañada de un sentimiento profundo de desesperanza, lo que provoca el sentimiento profundo de tristeza y desmotivación. Es como si el lente con el que observas tu vida tuviera un filtro opaco o gris. El cerebro sufre un desajuste químico tan fuerte que generar pensamientos positivos no es una opción, no funciona.


Yo no le di importancia a la depresión porque ni siquiera sabía que estaba deprimida. Cuando acudí con diferentes especialistas porque mi salud física estaba deteriorada, ninguno mencionó esta enfermedad que yo padecía. Alguno quizá mencionó que mi situación era causada por estrés, sí, estrés, pero nunca dijeron depresión. Por eso yo seguí con mi vida como pude.

De pronto iba manejando y pensaba ¿cómo sería si me dejara ir por el barranco o si soltara el volante en plena carretera?; o ¿por qué no? estrellarme contra algún muro o poste de luz a toda velocidad en alguna calle.


Dejaba de comer, me purgaba o hacía ejercicio en exceso, de alguna forma lastimar mi cuerpo me provocaba placer, sentía que regresaba la vitalidad a mi cuerpo.

Luego llegaban pensamientos como «ya no quiero estar aquí» , «no quiero esta vida», «me quiero morir». La famosa ideación suicida a la cual tampoco le hice caso, pensé que era normal tener esas ideas de pronto en mi cabeza. Porque estar mal no era opción entonces era más fácil normalizar mi situación.


Pasó muy poco tiempo para que yo estuviera planeando cómo podía acabar con mi vida, cuando estaba planeando cómo hacerlo al mismo tiempo yo me decía «No creo que realmente lo haga.» Pero, la verdad es que mentalmente me daba paz hacer esa lluvia de ideas y concretarla en un plan «por si llegara a pasar».

No pasó ni un mes y yo ya quería llevar a cabo mi plan, todo el día pensaba en eso y los pensamientos de muerte cada día eran más recurrentes.


Para mí ya era normal.

La gente no se daba cuenta de mi situación, ¿por qué yo iba a preocuparme por mí? Esa era mi excusa, en el fondo yo no quería, anhelaba que alguien notara algún cambio en mí.


Pero la realidad es que mi depresión se veía así ante los demás:



¿Cómo iban a sospechar algo? A veces la depresión se ve así, y no solo a veces, sino en la mayoría de los casos así es.


En el fondo yo quería seguir en este mundo y cumplir mis sueños, crecer laboralmente, conocer el mundo, tener una familia, pero estaba dispuesta a renunciar a ellos porque había perdido por completo la esperanza.

El milagro llegó, después de una crisis muy fuerte pedí ayuda. Nunca es tarde para pedirla. Me canalizaron con un psiquiatra en el sur de la CDMX, me desahogué como nunca y como lo necesitaba. Le pedí a una amiga que me acompañara y que además entrara al consultorio conmigo. Ya no quería estar sola, ni siquiera podía.


Ese mismo día comencé un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Con lo que no contaba era que saliendo de ese lugar ocurriría una crisis nacional que impactaría negativamente a tantas personas, incluyéndome. Internamente yo ya era pura crisis, ¿cómo iba a tolerar otra de esa magnitud?

Fue el temblor de la Ciudad de México del 2017. En el hospital me tocó el simulacro que hacen anualmente, y regresando a casa me tocó vivir y sentir cómo la ciudad temblaba y colapsaba. Ese mismo sentimiento era el que llevaba internamente con la situación que estaba viviendo; ese temblor llegó a sacudir el caos que habitaba en mí, fueron días muy tristes tanto en mi entorno como en mi interior. Yo no tenía nada que hacer en esta vida.


El alcohol de alguna manera me dio la fuerza para hacerlo, intentar quitarte la vida no tiene nada que ver con cobardía, en mi opinión tiene más que ver con rendición. Intentaste todo y ya no encuentras otra salida, es una desesperanza inmensa. ¿Te imaginas de verdad ya no ver otra salida? Es bastante frustrante y muy triste.


Recuerdo que por pura coincidencia recibí una llamada de mis padrinos, ellos estaban en Cancún, yo intoxicada en alcohol me desahogué con ellos, pensando que cuando muriera la gente sabría por qué lo hice de alguna manera.


Luego hablé con mi mamá, ella me escuchó muy mal, me dijo que estaba preocupada por mí, que ya llevaba semanas actuando muy extraña y yo le contesté que sí, que se preocupara porque en esta ocasión yo ya no le podía asegurar que estuviera bien. Esa fue la última llamada con ella, recuerdo cómo me dolía el corazón y las ganas que tenía de decirle que por favor me ayudara, que estaba a minutos de suicidarme porque ya no encontraba salida y pensaba que esa era la solución.


La siguiente llamada la recibió mi mamá, era una de mis amigas, le dijo que yo había tenido un intento suicida. Mi mamá sintió que se moría conmigo ese día de la angustia.

Para no hacer el cuento largo, después de algunas horas terminé en una sala de emergencias con un lavado de estómago. Estuve cinco días internada en el hospital, en un cuarto psiquiátrico con personal las 24 horas vigilándome hasta para ir al baño y bañarme. Con visitas de diferentes áreas de salud del hospital y sin mi papá. Él prefirió no estar ahí conmigo, decidió estar lejos para poder tener la mente más clara y poder decidir con la cabeza fría acerca de los siguientes pasos a tomar. Lo cual no puedo negar, fue muy duro para mí aceptar su decisión.

No hubo noche que no me durmiera llorando, después me enteré que mi mamá pasó las noches igual que yo. Pasé 5 días mal comiendo porque estaba traumada con mi figura, ya llevaba 14 años sufriendo trastornos alimenticios.


La mejor decisión que tomaron mis papás fue internarme en una clínica de rehabilitación apenas me dieron de alta del hospital. ¿Por qué la mejor decisión? Porque yo lo único que quería era salir del hospital para tener otro intento suicida. Claro que no quería la ayuda. Mi enojo y mi tristeza ya no me dejaban ver las cosas claras.


Me internaron en Punto de Partida, ahí estuve tres meses. Ahí encontré el mejor regalo para mí, un diagnóstico real para lo que me estaba pasando.

Ahí por primera vez escuché: «Tienes depresión y vas a estar bien. Eso que pasa por tu cabeza es temporal.» Una vez más estaba envuelta en la ambivalencia, por un lado sentí una paz y una calma increíble, y por otro lado sentía angustia porque no me podían decir cuándo iba a estar bien, además de que me iban a separar de mi familia.





Los primeros días fueron los más difíciles, no quería comer. Las noches eran lo peor para mí, ya que pasé muchas con insomnio, enredada entre la culpa y la tristeza profunda; recuerdo que tenía un dolor muy fuerte en el corazón, algo que jamás olvidaré.

Conforme iban avanzando los días me fui sintiendo mejor, no hay nada como tomar el medicamento adecuado para lo que tienes, que más que las pastillas, es el amor. Estar rodeada de amor, ese es el secreto para salir adelante. Un buen tratamiento psiquiátrico, ser validada y tratada con amor como yo fui tratada en mi internamiento.


Fue aquí donde aprendí que padecer este tipo de enfermedades mentales es únicamente un síntoma, no era yo la única con problemas, era todo mi entorno familiar, lo que a mi me sucedió fue mucho por no saber cómo manejar los problemas en mi familia. Es muy fácil echarle la culpa al que cae, pero esta situación nos hizo comprender que el problema era más allá de lo que yo hice, involucraba a todos e implicaba que cada uno de nosotros tomara la responsabilidad de su vida y sanara para poder recuperar un entorno familiar saludable.


En Punto de Partida comencé a cuestionarme quién era yo, qué era lo que quería lograr con mi vida y, además, ponerle tiempo y forma a esos planes.


Han sido dos años de mucho trabajo conmigo, de aprender que la rehabilitación es un proceso de altas y bajas, y que nunca será lineal, por eso el logo de Date Chance es así, es un recordatorio de que no solo la rehabilitación sino la vida en si tiene que tener picos y bajadas porque en una vida lineal y estable no hay crecimiento.


Estos últimos dos años viví lo que es que alguien rompa un paradigma en mi mente, todo lo que puedes lograr cuando comprendes que todo es posible, que vivir sin trastornos alimenticios, como tanto me lo decían, es posible, que sentir mis emociones es lo que me llevará siempre de regreso a quien realmente soy y que evadirme me hace mucho daño. Hace dos años alguien me dijo «Fer, puedes vivir diferente, depende de ti.» Hoy poderlo comprender y compartir hace mi existencia plena. Claro que suena muy fácil, la realidad es que no es así, es muy difícil, pero NO ES IMPOSIBLE.





Hoy te comparto las convicciones que rigen mi vida:

  • Si él/ella puede, ¿por qué yo no podría?

  • Todo siempre tiene un para qué.

  • Tu mente crea tu realidad.

  • Lo que me choca me checa.

  • Confía.

  • Donde el pecado abunda, la gracia sobreabunda.

Hoy no te doy una esperanza de que las cosas pueden ser diferentes, hoy te doy la certeza de que tu vida va a ser diferente, hoy no estoy hablando de mí sino de ti, de nosotros porque no soy la única que ha querido tirar la toalla.

Hoy te hablo a ti que sigues pensando que vivir contando calorías y obsesionándote con tu figura es algo que vas a tener que controlar toda la vida, hablo de ti que cada vez que tomas alcohol no puedes parar porque lo único que haces es evadir por un rato la realidad que vives, pero no es así, piensas que disfrutas más, pero no es verdad, solo prolongas el tiempo para salir, créeme, yo ya lo viví.


Así es como me doy cuenta que mi corazón es más fuerte de lo que pensaba, que si estoy aquí no es una casualidad, que todo tiene un propósito y que el amor hace que todo siempre se pueda. Tú también #DateChance.




Edición por: SayItRight, síguelos en instagram: @sayitrightmx

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