#DateChance de ser humano

Por: Daniela Cornejo López


Actualmente en el mundo somos alrededor de 7,300 millones de personas.


Probablemente tu círculo de gente más cercana no supera las 40 personas. Pero, ¿cuánta gente pasa por tu vida día a día? Aunque no hablemos, no convivamos, no tengamos nada que ver, durante segundos en el día cientos de personas pasan a tu lado, o del otro lado del celular.


Uno de los más grandes sufrimientos del ser humano es sentirse solo.

Irónico tal vez, sentirnos solos siendo 7,300 millones, rodeados de gente, incluso sentirnos solos cuando nos rodea la gente más cercana.





Nuestras conversaciones son cada vez más superficiales, cortas y con poca curiosidad.

El ser humano es un ser social, pero cada vez socializa menos con las personas que tenemos delante y «socializamos» mucho más con la gente a través de las redes sociales.

Nos hace sentir extraños que una persona realmente se interese por cómo estamos, por lo qué sentimos o por lo qué necesitamos realmente.


Con este artículo, busco despertar un poquito de conciencia y una mínima chispa de curiosidad por regresar a ser humanos.


Durante los primeros meses en Madrid, no conocía realmente a nadie. Me considero una persona buena para entablar una conversación con la gente, sin embargo me resulta muy complicado abrirme y exponer lo que realmente tengo dentro. Y, esto, creo que nos pasa a muchos. Así que comencé a hacer ciertos experimentos que se me ocurría pudieran estimular mi aspecto social.



El primero: hacer contacto visual

Los ojos son la ventana del alma. Me di cuenta de que al caminar por la calle, estando en el metro o pasando por los pasillos de la universidad, no acostumbramos a ver a la gente a los ojos. Comencé a buscar la mirada de la gente y a sonreír levemente. Los resultados me asombraron. Claro que hubo gente que desvió la mirada, otra que me devolvió la sonrisa, algún otro que me dijo: «buen día» y seguramente algunos que pensaron que estaba tratando de conseguir algo más que un acto de cordialidad.

Al terminar el día, había mirado a los ojos a más de 100 personas, y a pesar de no tener a mi familia y a mis amigos cerca, ese día no me sentí sola.

Una mirada que sin decir nada a cada quien le pudo haber dado un mensaje, un aliento, un «no estás solo». Un mensaje de que alguien se percató de su existencia.


La respuesta que más me asombró fue la de una señora que me sonrió tanto que me hizo sentir cierto tipo de agradecimiento; me sorprendió aun más una señora que mirando su celular soltó una carcajada. Cuando la miré, sonreí y ella se rió más fuerte. Me contagió la risa y literalmente terminamos 4 personas riendo a carcajadas sin saber quiénes éramos ni por qué reíamos. Ese fue un momento inolvidable.



El segundo: hablar con un extraño

Todos los días utilizo el metro para ir a trabajar, y, al subir, algo característico es el silencio absoluto. Todos los pasajeros van metidos en el celular o simplemente contemplando el espacio que existe en los vagones. Un día me puse a pensar, ¿qué pasaría si esa hora fuera la última de mi vida? Y decidí voltear a mi lado y hacerle plática a un extraño. Me contestó con monosílabas y bajó en la siguiente parada; hice lo mismo con el siguiente. Mi conversación era bastante normal; sobre el clima, de dónde veníamos o hablábamos de cualquier tipo de conversación superficial que hacemos con un desconocido. Al final nos despedimos y noté que el tiempo pasa más rápido y que la gente alrededor nuestra no dejaba de mirar, como si quisieran participar pero algo no se los permitió.


Hoy en día, cuando la gente se acerca a hablar pensamos que nos quieren vender algo, que nos quieren convencer de pertenecer a algún grupo o que seguro tienen alguna necesidad o incluso, con la inseguridad que vivimos hoy, que hasta nos quieren robar. ¿No sería más humano que, como antes, pudiéramos socializar en la fila del banco, en el autobús o en el pasillo del supermercado?


El tercero: ayudar a alguien desconocido.

Tan sencillo como ceder el paso, levantar la vista cuando camino para no ir en el celular y chocar con alguien, ayudar a cargar algo en el supermercado o regalarle algo de mi comida a una persona sin hogar.


Lo más alucinante de estos tres experimentos es que la gente se sorprende. Y esto me da un mensaje de lo deshumanizados que nos hemos vuelto. La poca intuición que podemos tener para saber cuando alguien no está bien, la falta de sensibilidad ante la necesidad o hasta para poder cuestionarnos sobre el valor de la vida.


El mundo, la gente, tú y yo necesitamos un mundo más humano. Un lugar en donde nos sintamos seguros, en donde exista empatía hasta en los detalles más pequeños, como puede ser una mirada atenta cuando estás pasando por un mal momento y debes continuar con tu día a día.

Cuando me siento sola, el simple hecho de que alguien me regrese la mirada me hace sentir mejor. Cuando nos humanizamos, podemos ser mucho más sensibles a lo que pasa a nuestro alrededor y percibimos un lenguaje que dice mucho más que mil palabras. Un lenguaje que da esperanza, amor, paz, hermandad, unión.

No seamos indiferentes al hecho de ser 7,300 millones de personas y que muchos de estos millones sienten soledad todos los días, no serán las mismas personas, no serán los mismos días pero todos tenemos días difíciles que podrían ser más llevaderos sabiendo que no estamos solos.


Date chance de ser humano y de convertir este lugar en uno con espacio para todos, en el que todos quieran vivir. Date chance de no sentirte solo.

Edición por: SayItRight, síguelos en instagram: @sayitrightmx
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