¿En qué momento?

Actualizado: 10 de oct de 2019

Por: Gabriela López Cavazos


Como madre joven que soy de tres hermosos hijos: Daniela, Fernanda y Juan Pablo, puedo decirte que ser mamá ha sido la experiencia más confrontativa de mi vida. A mis 20 años fui madre por primera vez y de ahí no paré en mi lucha por querer ser la mamá perfecta; cosa que no existe y que se vuelve una carrera sin final, como la de un hamster en su carrusel, que no llega a ningún lado y solo encuentra el cansancio.


La vida y mi falta de madurez me llevaron a cometer infinita cantidad de errores que causaron mucha culpa, resentimientos, y un sinnumero de caídas. Cuando estás queriendo llenar expectativas de todos menos las tuyas, te pierdes y empiezas a dar tumbos y tropiezos que lo único que hacen es lastimar a seres inocentes.

Éste fue mi caso, sin embargo, aunque hoy puedo aceptar que como madre no fui ni tantito una «buena madre», lo que sí sé es que JAMÁS tuve la menor intención de lastimar a mis hijos, y mucho menos hacerlos sufrir por mi culpa. Pero eso no se ve cuando vas por la vida solo existiendo, mientras tratas de hacerte cargo de tres hijos y un hogar cuando ni siquiera sabes hacerte cargo de ti misma.


Quiero compartir a continuación esta experiencia que me marcó por siempre, con el único fin de que si tú eres papá o mamá, como yo, puedas evitar de alguna manera vivir una de las experiencias más dolorosas que podemos pasar como padres; la muerte de un hijo.

Fer, la segunda de mis hijos, se fue por un tiempo a vivir a la Ciudad de Mexico, trabajaba en una empresa internacional y aparentemente todo iba bien. Ella siempre fue una niña que somatizó todos los problemas familiares en enfermedades, tanto emocionales como físicas; dicen que los hijos son el reflejo de los padres, y yo así lo creo. Su niñez no fue nada fácil pues vivió desde pequeña fuertes crisis familiares; padeció trastornos alimenticios desde muy temprana edad y siempre se caracterizó por ser una niña muy inquieta, traviesa y sensible.

Es increíble que como padres les enseñamos a nuestros hijos a caminar, hablar, vestirse, comer, ir al baño, tener buenos modales, y poco a poco los vamos soltando al mundo con lo que podemos y sabemos. Sin embargo, hay algo muy importante que nadie o casi nadie nos dice o nos enseña a hacerlo; aprender a amarse a uno mismo.

Y ¿cómo podemos hacerlo si ni siquiera nos amamos a nosotros mismos? Vivimos en un mundo en el que todo está «afuera» y creemos que ahí, afuera, es en dónde están las respuestas. Nadie nos dijo nunca, al menos no a mí: «Ve en tu interior y descubre qué es lo que realmente quieres.», o «¿Cómo te sientes con esta situación?» La educación se limitaba a todo menos a observarnos, aceptarnos, validarnos y mucho menos a amarnos. La educacion emocional no existía.


En fin, un día recibí una llamada, era Fer llorando desconsoladamente. Nunca la había escuchado así, me decía que estaba muy mal y sumamente triste, que no se sentía feliz con su trabajo, ni con su físico y que se sentía muy sola; que estaba asustada porque pasaban ideas «raras» por su mente cuando estaba sola porque ya no quería seguir viviendo.


Sentí un hueco en el corazón y le dije lo que siempre le habia dicho y según yo había funcionado: «Tú puedes hermosa, ve a tu terapia, busca otro trabajo, lo más importante es que tú estés contenta, tranquila por favor.» Me dijo: «Está bien, lo intentaré, pero no estoy bien mami.» Le respondí que la iba a ir a ver pronto, pero que por favor hiciera caso a lo que le decía. Ella respondió que sí lo haría. Me quedé preocupada, pero creí que iba a estar bien.


Estuvimos hablando diario y me dijo que la psicóloga le había recomendado ir al psiquiatra. Fue entonces cuando comenzaron a medicarla, el Dr. dijo que estaba muy deprimida y que tenía que seguir un tratamiento para la depresión. Al día siguiente el terremoto de septiembre de 2017 acabó por hundirla más. Tres días después recibo una llamada de Fer intoxicada de alcohol diciéndome: «Mami, estoy muy mal, ya no puedo más…» Mi corazón se estremeció en ese momento porque sabía que realmente algo más grave estaba pasando, le volví a decir lo que siempre le había dicho: «Nena, ¡Sí puedes! ¡Por favor no te rindas! Todo va a estar bien. Te amo hijita.» Ella solamente contestó: «Mami… No creas eso… Esta vez no puedo asegurarte que vaya a estar bien…» Y colgó.


Era la madrugada y empecé a planear con mi esposo mi viaje para ir a verla, porque ahora sí todo indicaba que mi hija estaba lejos de estar bien… nunca me imaginé la gravedad de la situación, pues Fer siempre sabía salir adelante. Una hora después entra la llamada de su roomie llorando desesperada, diciéndome que Fer se había tomado todas las pastillas de su tratamiento psiquiátrico… más dos botellas de vino. Mi hija estaba inconsciente. Le grité ahogada en dolor que le hablara a una ambulancia.


A partir de ese momento todo lo que recuerdo es como si hubiera estado en un sueño. No hay manera de describir el sentimiento, el dolor tan inmenso que habitaba en todo mi ser, la impotencia de imaginarla ahí acostada. No subestimemos las emociones de nuestros hijos, ni de nuestros seres queridos. No basta con rezar por ellos, o decirles palabras de aliento, o darles dinero para ir al doctor; cuando un hijo te dice «no estoy bien» de verdad NO ESTÁ BIEN. ¡Escuchémoslos! Hay que validar sus emociones y hay que estar presentes con amor, empatía y total entrega para ellos.


Sentada frente a ella, después de varios dias sin dormir, con el corazón me puse a escribir:


Mi chiquita hermosa,

Me pregunto en qué momento fallé. Qué fue exactamente lo que hice o no hice como madre que te ocasionó tanto dolor y te generó ese vacío tan grande. Sigo esperando el momento de despertar de esta pesadilla, y pasa el tiempo y nada sucede, nada cambia. La decisión está tomada y todavía no sé si es la correcta… Mañana te internaremos tres meses en una clínica. Pero, es que no encuentro cómo inyectarte el amor por la vida. ¿Cuál es el órgano que te pudiera donar para que pueda funcionar adecuadamente tu sistema nervioso y que las señales que genere tu cerebro sean de gratitud y felicidad? ¿Dónde se apaga el switch de tu tristeza? No me cabe en la cabeza cómo siendo tan bella, tan hermosa, tan brillante, tan tierna pueda caber en tu cabecita la idea de rendirte ante la vida. ¿Qué es lo que hace que a veces tu corazón ya no quiera seguir latiendo? NO PUEDO CON ESO MI NENA. ¡SIMPLEMENTE NO PUEDO! Y la culpa me alcanza una y otra vez, y la desesperación de no poder hacer nada, de no saber cuál es exactamente la solución que te saque de ese torbellino en el que te encuentras, mi reina. Es increíble. Dentro del mismo hospital, en el Centro Oncológico, hay niños, hombres y mujeres luchando por su vida, luchando contra el cáncer, y hoy, en el cuarto 421, hay un solecito que se quiere apagar porque no encuentra la razón de seguir viviendo.

Y sigue mi mente dando vueltas y vueltas, con miles de preguntas que no encuentran respuesta. Siento incertidumbre, angustia, miedo y desesperación al no poder hacer nada, al ver que ni el inmenso amor ni la admiración que te tengo son suficientes para sacarte de aquí.

Pienso en ti riendo con tus amigas, jugando a la niña chiquita con tu abuelo Tata, veo como te ama tanta gente, te imagino abrazándote y vuelves a ser mi bebita tierna, te veo cuando te enojas y peleas por lo que quieres con tanto coraje; veo tus fotos con tu sonrisa tan hermosa, abrazando con tanta ternura a esos bebés desamparados a los que supiste darles tanto amor cuando te fuiste de misionera a Haití. No me queda duda del corazón tan generoso y empático que llevas dentro, así como la madurez que te caracteriza y que has demostrado al enfrentar tantos retos en la vida. Quisiera que todo esto lo recordaras al igual que yo para que te dé la fuerza para salir de este infierno en el que hoy te encuentras. Lloro desesperada cuando no me ves y cuando estoy contigo luzco fuerte y juego al payaso para hacerte reir aunque sea un momento, amo tu risa, amo verte feliz. No había sentido esta sensación desde que me pasaba horas en el hospital viendo como mi mamá sufría con su cancer y yo no podía hacer nada.


Sé que una vez más me tengo que rendir ante Dios y aceptar la realidad; la realidad es que el tiempo no regresa. Dios nos dio el tiempo, las oportunidades y el libre albedrío para decidir qué camino tomar y ese tiempo y esas oportunidades ya pasaron y NO REGRESAN NUNCA. No puedo regresar al pasado y cambiar el rumbo de tu vida, tampoco puedo manipular los hechos, ni borrar el sufrimiento que te he causado por mis decisiones; por no saber cuidarte, por no enseñarte a amarte, pues yo no sabía amarme. Simplemente no puedo hacer nada para evitarte esta prueba que la vida te está poniendo. Y me tengo que rendir ante Dios, aceptar y soltarte y ponerte en sus manos y en los brazos de mi Virgen, orar y esperar a que ellos puedan realizar una intervención quirúrgica a corazón abierto y sanarte, llenar tus venas de sangre nueva llena de alegría. Confiar en que deseas con toda tu alma estar bien. Confiar en que vas a rendirte y vas a aceptar recibir ayuda. Que confíes y de la mano de Dios este milagro se puede lograr. Sin esto…nada va a cambiar.


¿En qué momento te desconectaste de la vida y del amor de Dios? En el silencio inmenso de esperar esa respuesta lo único que viene a mi mente es una voz que dice: «Ríndete Gabriela. Ponla en mis manos y reza para que ella desee sanar.» Y, ¿sabes qué, hermosa? Ese es el único camino. Tu única opción.Tu última carta por jugar. Te queda mucha vida por delante, miles de momentos por vivir y solamente tú decides cómo y hasta cuando...porque tenemos el derecho de ese libre albedrío y libertad de decidir qué camino tomar y con qué actitud hacerlo. En fin chiquita mía, yo creo en ti y yo sé que sí puedes. Porque Dios no nos pone pruebas que no podamos superar.

Te amo nanita, te amo con toda mi alma y daría mi vida por verte feliz, verte llena de vida. Sé que algún día vamos a estar recordando estos momentos como un sueño que ya pasó. Siempre estare a tu lado, hermosa. Siempre.

Con todo mi amor, tu mamá.


En la vida de todo ser humano existen momentos en los que nos preguntamos: ¿En qué momento nos suceden las cosas que jamás pensamos que nos iban a pasar? Nos enteramos de miles de sucesos dolorosos y traumáticos que a otros les pasan y lo vemos como si fueran totalmente ajenos a nosotros o como si estuvieramos en una pelicula; pensamos: «Pobres…qué desgracia, rezaré por ellos.», o «Eso no me va a suceder a mí.» Vivimos en un mundo lleno de información y distracciones en el cual cada vez es mas difícil estar conectados con los demás y con nosotros mismos. El deber y tener que ser se ha vuelto parte de nuestro día a día y así vivimos. Vivimos en el «afuera», refiriéndome a «afuera» como esa parte que es inalcanzable porque tenemos que estar en todos lados menos en nuestra vida.


Que un hijo no esté bien, se sienta triste o deprimido es solo un síntoma de que los padres no están bien. El problema no son ellos, el problema somos nosotros como padres; algo no estamos haciendo bien.


Papás, empecemos por amarnos y aceptarnos, hay que sanar nuestro pasado. Empecemos por nosotros para poder dar a nuestros hijos. Siendo papás íntegros que nos damos la oportunidad de perdonar nuestros errores y de aceptarnos tal cual somos, podremos dar el ejemplo a nuestros hijos para evitarles el sufrimiento de no saber cómo amarse, perdonarse y aceptarse.

Hoy agradezco a Dios y a la vida pues hace dos años me dieron la oportunidad de empezar de nuevo la relación con mi hija. Después de varias terapias que afortunadamente tuvimos en la clínica, nos metimos en un camino muy doloroso pero inmensamente sanador y liberador para las dos; aprendimos a perdonarnos y a validar y respetar nuestras emociones y sentimientos, aprendimos a ser honestas y a compartir nuestras heridas sin juzgarnos. Conectamos de nuevo con el corazón de madre e hija y los sanamos pegando los pedacitos. Nunca es tarde para reconectar con nuestros hijos y crear nuevas relaciones de amor, respeto, honestidad y responsabilidad. No lo dejes para después… ¡el después puede ser demasiado tarde!


Date chance de ser el padre o madre que hubieras querido tener. Date chance de equivocarte y de perdonar tus errores. Date chance de conectar con el amor de tus hijos y así cambiar su vida y siempre tengan una razón para seguir viviendo.

Date chance de estar con tus seres queridos siempre que te necesiten.


Edición por: SayItRight, síguelos en instagram: @sayitrightmx

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