La autopista en el retrovisor

Escrito por Roy Pérez


Durante mucho tiempo, tuve el anhelo de hacer algo grande con mi vida.



Era mi sueño poder llegar a viejo, voltear por el retrovisor y ver la autopista de mi vida llena de recuerdos, de experiencias y de logros que pudieran hacerme sentir orgulloso de mí mismo, pero sobre todo, que pudieran darme la certeza de saber que había tenido una buena vida, que había aprovechado cada momento de mi existencia de la mejor manera posible... saber que había vivido bien.


Durante la universidad, cuando me perfilaba al último tercio de la carrera, fue que se despertó esta hambre y ganas de comerme al mundo y trascender; estudiaba, practicaba artes marciales, tenía una banda de música y trabajaba medio tiempo. Aún así, tenía ganas de más.

Pasaron algunos años, me gradué, trabajé en algunas empresas, me independicé y abrí mi propia agencia de marketing digital; escribí mi primer libro, comencé a dar conferencias y aún así, aunque todo aquello me encantaba, seguía faltando algo.


Parecía como si nada de lo que pudiera alcanzar, pudiera llenarme esta sensación que no estaba haciendo lo suficiente con mi vida. Fue entonces, que por primera vez, experimenté una crisis existencial.

¿De qué servía todo aquello si en el fondo, no me daba plenitud, si no me hacía feliz?

¿De qué servía todo aquello si sentía que aún no lograba probarme de qué estaba hecho?

A pesar de que todo esto despertó en mí una especie de tristeza profunda, mis ganas por encontrar la respuesta fueron más grandes.

Después de poco más de tres años de buscarme, ir a terapia, ir a retiros espirituales e incluso entrar en un seminario y salir, fue que tuve una experiencia profunda del amor de Dios, y entendí que la respuesta había estado dentro de mí todo el tiempo: así como estaba, así como era, estaba bien; era digno de ser amado y de ser feliz.


Entendí que no tenía que esforzarme, que no tenía que demostrarle nada a nadie, ni siquiera a mí mismo.


Entendí que el anhelo de trascender que Dios ha puesto en nuestros corazones no era para medir nuestro valor, sino para hacer un mundo mejor con nuestras acciones.

Entendí que no importaría qué tan grandes o pequeñas fueran mis obras, de nada me servirían en mi anhelo de dejar huella si no las hacía por amor y con amor.


Entendí que el mundo me había mentido, haciéndome creer que valemos según el valor de lo que hacemos.


Entendí que el mundo había torcido también este anhelo innato de trascender que todos tenemos, con el fin de manipularme para volverme una pieza productiva en un sistema de consumismo.


Entendí que no es ni la marca de la ropa, ni el auto que podamos manejar, mucho menos el dinero que podamos tener en nuestra cuenta bancaria lo que determina nuestro valor y carácter; entendí que valgo tanto como aquel que lo tiene todo, y como aquel que no tiene nada.


Entendí que para Dios, todos somos protagonistas de la misma historia y que el final feliz de cada uno es igual de importante.


Entendí, que las cosas que he hecho que me han dado más satisfacción en la vida han sido aquellas que he dado a los demás pensando en ellos antes que en mí, y que han sido acciones en las que me he entregado a manos llenas.


Entendí que entre más salgo al encuentro de otros para ayudarles con sus problemas, más pequeños se volverán los míos.


Entendí que todos valemos por quienes somos, por el simple hecho de existir y de ser, y que el bien o mal que hagamos sólo embellecerá o empobrecerá nuestra vida y la vida de quienes impacten nuestras acciones.


Entendí que a veces la vida no es justa, pero es sabia, y en todo hay una lección que nos hará crecer si ponemos atención.


Entendí que aún con el dolor que la vida nos trae, aún así, vale la pena vivirla.


Entendí también, que yo no soy mis errores, ni tampoco las heridas que otros me han causado; no soy la huella que me han dejado en el corazón, ni las lágrimas que he derramado por quienes me han herido: soy mucho más y nada de eso define quien soy.


Entendí, que cada uno de nosotros estamos aquí por que somos la prueba de que Dios aún nos ama y que aún no pierde la esperanza en este mundo.


Entendí que tanto tú como yo, somos un regalo de Él para la humanidad, que fuimos creados con un propósito tan hermoso y específico, que solamente tú puedes llevar a cabo.

Entendí que durante el ocaso de mi vida, cuando el sol baje y la noche se acerque, veré por el retrovisor la autopista de mi vida, y mi corazón sólo podrá observar y sólo le importará ver la luz del amor que pude dar a las personas que pasaron por mi vida.

Así que recuerda:

No tienes que hacer nada ni demostrarle nada a nadie. Así como eres, estás bien. Así como eres, naciste para ser amado y amar.

La única huella que no se borrará nunca, será la de tu amor. ¿Qué tan profunda quieres que sea esa huella?


Edición por: SayItRight, síguelos en instagram: @sayitrightmx

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