• Date Chance

La vida Entera en un Instante

Por: Andrea Rodríguez A

@andrearodac



El pecho se presiona. El sonido de los latidos del corazón llega hasta mis oídos. Es una sensación tan extraña, que, aunque la he experimentado varias veces, pareciera ser completamente nueva. Tengo miedo y ni siquiera sé por qué. La adrenalina circula por todo mi cuerpo, y mis movimientos se vuelven secos, como si detrás de cada uno no hubiera vuelta atrás. Pareciera que me borraron la memoria, no existe lo bueno, ni siquiera lo malo, y por un momento ni siquiera soy yo misma. Solo una cosa es constante: el dolor del pecho. Duele tan fuerte, que pareciera que el corazón mismo se quiere escapar de ese dolor, sube a la garganta y me cuesta respirar. Tengo la vista más nítida de lo normal, estoy alerta.


Cuando hago consciente mi deseo de morir, repasó una lista larga de las personas que se supondría tendría que estar llamando hace medio minuto, pero ninguna me convence lo suficiente: “se va a asustar”, “es muy tarde para que conteste”, “no quiero preocuparla”, “no creo que lo entienda”, “me da pena que escuche esto de mi”…y aunque no me atrevo a marcar el teléfono, ruego por una voz que me grite, aunque sea de lejos, lo que sea. Un simple sonido humano sería suficiente, porque el sentimiento de soledad es tan fuerte, que una simple respiración diferente a la mía quizá ayudaría a desvanecerse. Me paralizo, y solo espero un rescate. Me quiero morir. No hay ningún sentido por el cual debería seguir viviendo.


Algo lo interrumpe: una llamada, un mensaje, un pensamiento bueno que se le ocurre aparecer como Superman, o incluso un ángel de la guarda. O quizá solo es suerte. Los días siguientes al suceso me siento como un zombi, viendo mi propia vida desde afuera. Dos o tres días donde no hay nada, ni tristeza, ni enojo, ni alegría, sólo me mantengo respirando. A los cuatro días viene la culpa y de alguna forma tiene que salir. Sale con un llanto, o sale con un consuelo. Y una vez que se ha ido, respiro tan profundo recordando que no quisiera dejar de respirar nunca, y sintiéndome tonta. Me mantengo así, incluso podría decir que me siento, bien, feliz. Hasta que de pronto, unos meses más tarde, me despierto y empieza todo de nuevo.


Me invade una tristeza que se monta en mi espalda y hace que cada paso sea más difícil de dar. Cómo si recorriera mi cuerpo entero, me debilita cada segundo, dejándome agotada. La escondo con una carcajada, con una risa, a veces con unas cuantas copas. La escondo con amores falsos. La escondo con la rutina, la escondo con las redes sociales, inventándome una vida perfecta, una vida feliz. La escondo de mis amigos, de mi familia y hasta de mí misma. Hasta que otra vez, estoy cansada. Tan cansada que podría dormir semanas y aún así la energía no regresaría a mí. Y vuelvo a preguntarme ¿valdrá la pena este juego?


Quizá tú nunca hayas pensado o estado a punto de acabar con tu vida, pero cada 40 segundos, muere una persona, quitándose la vida ella misma. Y éstas 800 mil muertes en el año podrían evitarse en un 100%. Porque lo que no hemos entendido es que todos estamos expuestos, a todos nos puede pasar. Es momento de hablar más sobre salud mental. Por ti y por quienes están a tu alrededor. Este mes de prevención del suicidio, detente a mirar a tu alrededor, y estar ahí para alguien que quizá no se ha dado cuenta que su vida vale la pena. Y mucho #DateChance.

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